ACUÉRDATE, LEÓN

Acuérdate, León, cómo cantábamos

heridos de futuro y de esperanza,

acuérdate que siempre naufragábamos

sin ancla, gobernalle ni templanza.

 

Acuérdate qué poco respetábamos

la ley, el protocolo y la ordenanza;

y cómo al alimón nos embarcábamos

en vinos y en amores de crianza.

 

Yo lo recuerdo bien, pues qué me queda,

tras tu órdago fatal de corazón,

salvo tu desenfreno y tu sonrisa.

 

Perdóname, mi amigo, que no pueda

ni comprender por qué, quedando ron,

pusiste en el morirte tanta prisa.

 

A TANTO CORAZÓN TAN POCA RIENDA

 

Con el listón tan alto que la muerte

tuvo que dar un salto prodigioso;

creíste ser más hábil y más fuerte

y esparces cuajarones por el coso.

 

Miraste a los tendidos y la suerte

brindaste a la más bella; y orgulloso,

fuiste quijote que su sangre vierte

por una dulcinea sin Toboso.

 

Y ya vas requebrando a lo divino,

tan tuyo, sin medida y sin enmienda,

siempre juncal y siempre vespertino.

 

A tanto corazón, tan poca rienda

que a costa de un hachazo repentino

te empeñaste en entrar en la leyenda.

 

LA MITAD NECESARIA

Con un magma de penas por el pecho,

una escisión total de luz y vida

y un torrente de luto parricida

que me ha dejado atónito y deshecho;

 

el dios más inclemente ha satisfecho

un deseo de ti tan homicida

que tengo el alma espesa y aterida,

el pie cambiado, el corazón maltrecho.

 

Un empellón brutal de desaliento,

una descarga ciega, un jaque mate

cayó sobre tu músculo granate.

 

Un Caronte procaz y descontento

ha amputado de cuajo, a contradiós,

la mitad necesaria de los dos.

 

A León Palomares Gutiérrez, doctor en medicina y otras muchas cosas, por las que siempre le recordaremos los que le conocimos y le quisimos.

Y quién mejor que Quevedo para un último endecasílabo:

Polvo serás, mas polvo enamorado

Manolo.