NAVIDAD

(Villancico surrealista)

 

La Navidad afila sus colmillos de arpía.

Las mariposas tienden sus alas a secar.

El alba silenciosa sorprende en una esquina

la sangre coagulada del ruiseñor suicida

y al arcángel que sale, ebrio, del lupanar.

 

Rebusco entre las sábanas un vientre disponible.

En el espejo sangran los peces sin parar.

Escapo de mis sueños sin más que angustia en ristre,

y exhibo indecoroso miradas inservibles

que nunca en otros ojos se fueron a posar.

 

Hay una muerte en ciernes, preñada de promesas,

que no respeta fechas ni fiestas de guardar,

y yo salgo a buscarla entre efluvios de absenta,

escaso desayuno para enfrentarse a ella

y besarla en la boca hasta el juicio final.

 

Una niña suspira colgada con el lujo

de obscenos maniquíes detrás de su cristal.

La calle se engalana de riñas y tumultos.

La tarde, toda uñas, concibe planes sucios.

El metro descarrila. La niña ya se va.

 

Los árboles renquean, picados de bombillas.

La alcaldesa, sañuda, escupe otro pregón.

El violador regala boletos de una rifa

y le dice a una joven, con meliflua sonrisa,

que el premio es un viaje con él en ascensor.

 

El Sol quiere llevarse una estrella a la cama.

La Luna se ha metido su chute de hachís.

Hoy todos los piratas estrenan frac de alpaca.

El invierno se jacta de no tener entrañas.

El cura dice misa con resaca de anís.

 

Hay bandadas errantes de pájaros de cuenta

y un desfile de gatos de maullido servil.

Resuenan cráneos rotos y alguna pandereta.

Una princesa lánguida se va a cortar las venas,

mientras baila una puta con un guardia civil.

 

Una paloma pasa volando de rodillas.

El borracho vomita la hiel en un portal.

La ciudad, presumiendo de su alma corrompida,

se levanta la falda mostrando las sentinas

y exhala un tufo espeso, mefítico y salaz.

 

Hay obispos en celo, tiranos insumisos

y muertos de rebajas que escogen ataúd.

Impúdicos carteles prometen paraísos.

En el asfalto brotan mendigos y delitos

y una rosa en el medio de un charco de betún.

 

Hay muérdago en las puertas con flores desechables

y una cruz por si pasa el exterminador.

Los poetas aceptan sobornos miserables,

traicionan a las musas por no morir de hambre

y la virtud se vende... sólo al mejor postor.

 

Hay risas estridentes de mondas calaveras,

y sudarios leprosos que agita el vendaval.

Hay lenguas amputadas que rezan por su cuenta

y ríos caudalosos de fétida agua negra

que intentan alcanzarlo y los rechaza el mar.

 

La noche pide paso, sedienta de himeneos.

Las ratas y los dioses alternan con champán.

Se agrietan las aceras y surgen los banqueros.

El condenado a muerte da un beso al carcelero.

Ya son las doce en punto. ¡Viva la Navidad!

 

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Con mis mejores deseos navideños.

Manolo Berriatúa